Por un puñado de fotos | Reseña expo ICO en Arquitectura Viva

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Reproducimos a continuación algunos fragmentos del artículo escrito por Justo Isasi y publicado en el nº 166 de Arquitectura Viva (9/2014) sobre la exposición “Fotografía y Arquitectura Moderna en España, 1925-65”

Por un puñado de fotos.
Justo Isasi

La arquitectura moderna era un puñado de fotos. Para muchos arquitectos españoles de la posguerra, era a veces una imagen mal impresa en un libro prestado; otras, una foto tomada durante los viajes de un amigo; quizá con suerte, las imágenes canónicas de las editoriales suizas de arquitectura, en libros conseguidos en el extranjero. Y un par de revistas nacionales. Todo en blanco y negro; la arquitectura moderna, como la de la antigua Grecia, no venía nunca en colores. Entre las décadas de los años 1930 y 1950, la cuatricromía se reservaba para las contadas ilustraciones del arte de los museos impresas en papel couché y pegadas después sobre las páginas de papel algodón en los abultados textos editados en Zúrich por Albert Skira. La narración de nuestra mejor arquitectura era también una película en blanco y negro, y como nuestro mejor cine, fue entre surreal y neorrealista.

Los modernos españoles que pudieron sobrevivir a la guerra y en la posguerra compartieron ese puñado de fotos. Y a su vez fueron fotógrafos y fotografiados en las contadas publicaciones de arquitectura de la época. Así, una nueva colección de imágenes de edificios que querían parecer y parecían alemanes, italianos o norteamericanos, vino a sumarse al elenco disponible como una digna prolongación de lo que más tarde dio en popularizarse como arquitectura del Movimiento Moderno. Entre la escasez de los años 1940 y la primera prosperidad de la década de 1960 se forjaría la leyenda de esa generación de arquitectos, de nuevo mediante un puñado de fotos. En este nuevo acervo gráfico de lo moderno y nacional se insertaron tanto las imágenes de unas obras atentas a seguir la vía internacional como las de otras deseosas de abrir una vía propia. El orgullo individual de los arquitectos más dotados les estimularía a fotografiar ellos mismos o por fotógrafos el producto de su particular oficio. Obras a veces ejemplares, a veces irrepetibles, muchas tocadas por el genio y alguna rozando la extravagancia, proyectadas mirando de reojo las fotos de una arquitectura contemporánea y lejana.

[…] Imágenes míticas: aquellas imágenes que se guardan en ese recuerdo común han llegado a serlo, en el mejor sentido del mito. Han encarnado el código formal de una modernidad, desconocida primero, imitada después y finalmente reconocida, historiada y reeditada al cabo de dos o tres generaciones. De un episodio limitado pero intenso de nuestra arquitectura nos han quedado imágenes que transmiten un legado de forma y construcción arquitectónicas, y que van más allá: comunican la enorme voluntad de ser moderno, la formidable ambición de ser un Mies, un Terragni o un Le Corbusier de los jóvenes arquitectos españoles de otro tiempo. Si ser moderno era algo más que aflorar un código formal, y era conectar la vanguardia plástica con la estructura social, entonces los españoles siguieron bien a sus héroes: también era su deseo redimir a la sociedad mediante metáforas de geometría, pureza y transparencia. Esas metáforas eran las fotografías famosas, y no se pudo ser moderno sin ellas, como se nos explica en la exposición del ICO. Ni se pudo ser más tarde reconocido como moderno sin ellas; representan el mérito de unos pocos arquitectos españoles adoptados como maestros por una generación posterior. Esas fotos y esos arquitectos compartieron un afán de modernidad y una presunción un tanto caprichosa del potencial de la estética para crear un mundo nuevo, y ahora frente a ellas cabe preguntarse cuál fue su éxito y si no fracasaron en el intento, pero ciertamente se tiene la impresión, recorriendo esta muestra, de que en conjunto alumbraron en su día a una realidad diferente.

Pero todo sucedió como en el cine: a pocos les preocupó antaño, en el momento del éxito, quiénes eran el director ni el fotógrafo, ni el compositor o el guionista de Top Hat de 1935 o de La dolce vita de 1960: los deslumbrantes dúos de Fred Astaire con Ginger Rogers y de Marcello Mastroianni con Anita Ekberg eclipsaban a creadores como Irving Berlin o Federico Fellini. Para el público del cine sólo eran conocidas las estrellas de unas ficciones maravillosas que el celuloide hacía parecer próximas, deseables y hasta posibles. Ha habido que esperar dos o tres generaciones para que las apreciemos de otra manera como obras maestras, por su dirección, fotografía y partitura. Y así sucedió con la arquitectura: pocos sabían que detrás de las fotos de las obras estelares de los modernos había un ojo sabio y un oficio exquisito de cámaras y revelados, de luces y de encuadres. Y unos editores dispuestos a divulgar la buena nueva. Una puesta en escena de la obra y de su arquitecto sin la cual la comunicación —esa condición sine qua non de la modernidad— no hubiera sido posible. La metáfora de un mundo nuevo en blanco y negro no necesitaba entonces firma y casi ni siquiera conocer de primera mano al autor o al decorado. Como en el cine, todo se hizo a partir de la frágil película de celuloide. El milagro de esa arquitectura empezaba con su imagen positivada en papel fotográfico: de pronto se hacía visible la experiencia de la arquitectura moderna, captada por los objetivos Rollei y ya preparada para el cilindro offset. Dos generaciones después, ese momento iniciático es objeto de un inteligente proyecto. Ahora, la prodigiosa muestra del ICO busca en el papel ese rastro del origen para poner ante nosotros las obras primeras y auténticas de los fotógrafos; las que estuvieron sobre la mesa del editor y del arquitecto para discutir su formato, su oportunidad y su veracidad o su engaño.

[…] Una cuidadosa presentación del material fotográfico en su pequeño formato y bajo cristal presta a las viejas fotografías o a sus reproducciones la cualidad museística de una valiosa obra sobre papel, amparada como corresponde en un ambiente de respetuosa luz tenue. Es ciertamente un truco, pero el montaje acierta al despertar un legítimo interés por un arte que ha sido considerado menor, y en este caso quizá sólo auxiliar, como representación mecánica del arte mayor de la arquitectura. Pero de ese arte tomado por menor ha dependido en buena parte la transmisión de la cultura moderna. La del ICO no es una muestra de arquitectura, sino una presentación de los fotógrafos que nos la hicieron ver. Por eso no hay grandes formatos ni un particular elogio de la arquitectura, y sí un largo hilo conductor en el que se engarzan obras irrepetibles de nuestros grandes maestros junto a trabajos casi anónimos. Lo que consiguieron estos fotógrafos es asombroso y es toda un acierto de esta exposición y este proyecto: cuando se recorre la muestra, habiendo dedicado años a la práctica de la profesión y de la enseñanza, uno ciertamente se asombra de reconocer casi todas las imágenes; pero no sólo los edificios o sus autores, sino cada particular fotografía. Sí, la modernidad era este puñado de fotos.

Más información:
Arquitectura Viva

Fotografía: Desconocido. Iglesia de Ntra. Sra. del Tránsito en Canillas, Madrid, 1961. Luis Cubillo. Legado COAM

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